La discusión de salud mental en Chile ha ido adquiriendo carácter de urgencia en la medida en que nos hemos visto enfrentados a la actual pandemia por COVID-19,  que ha puesto en jaque muchas de nuestras ideas preconcebidas en relación a la salud, salud mental, sociedad y, particularmente, las nociones sobre determinantes sociales de la salud.

Según cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre un 3% y un 4% de la población puede sufrir trastornos severos, mientras que entre un 15 y un 20 por ciento podría padecer trastornos leves a moderados.

En Chile, el plan de salud mental  y psiquiatría vigente es del año 2017-2025. Este plan de salud expone lineamientos generales en cuanto a objetivos, metas y desafíos relacionados con la salud mental en nuestro país. En este contexto se expone como uno de los principales nudos críticos la escasa oferta de salud mental para niños, niñas y adolescentes (en adelante NNA). Si a lo anterior sumamos que el gasto público en salud mental llega sólo al 2,4% del gasto total en salud, lejos de países como Australia (9,6%), Nueva Zelanda (11%), USA (6%) e inclusive por debajo del promedio mundial (2,8%)

A nivel nacional la heterogeneidad en la conformación e implementación de equipos de salud mental en los distintos niveles de atención (equipos de Atención Primaria en Salud, equipos secundarios de Centros de Salud Mental Comunitarios, equipos terciarios de Hospitalización)  implica importantes inequidades en el acceso, la atención oportuna y la calidad de atención ofrecida, particularmente a los NNA de los territorios en los que no se ha conformado equipos especializados para este ciclo vital. En este sentido, generalmente es el equipo de atención de adultos el primero en instalarse, pudiendo pasar años a la espera de la instalación de equipos de atención de NNA. 

La política de salud mental va, correctamente a nuestro juicio, en la línea de instalar los equipos de salud mental en los territorios, con mayor cercanía, cantidad de horas de atención, facilidad en el acceso y posibilidades de sostener una adecuada continuidad de cuidados. Sin embargo, el tránsito de un modelo biomédico hacia un modelo comunitario de comprensión y tratamiento de las problemáticas de salud mental tanto adulto como infanto adolescente ha sido enormemente dificultosa, más aún en el ámbito de NNA, en que la escasez de profesionales especializados (particularmente Psiquiatras infanto adolescentes) ralentiza aún más los procesos de cambio.

Dado lo anterior, si existen pocos y pequeños equipos especializados de salud mental infanto adolescente, con una importante escasez de médicos psiquiatras especializados en NNA, es posible pensar que no hay una adecuada representatividad de las problemáticas propias de este ciclo vital en los niveles en que se toman las decisiones de políticas públicas.

Lo anterior implica que la mirada adultocentrista tiende a tomarse la discusión, tanto en la confección de programas como en los recursos destinados a investigación en salud mental infanto adolescente, dejando en segundo plano las características propias del ciclo vital en que se encuentran niños niñas y jóvenes. ¿es lo mismo pensar la salud mental de adultos que de NNA? ¿qué se debe mirar? ¿a qué poner atención?

Ejemplificando lo dicho previamente, si bien uno de los objetivos estratégicos del Plan Nacional de Salud Mental corresponde a promoción y prevención, los recursos destinados a infraestructura, contratación de profesionales calificados, etc., no permite sostener una política sistemática y sostenida en el tiempo que permita favorecer la promoción de hábitos de vida saludables que impacten en la salud mental de NNA ni programas de prevención focalizados a población de riesgo en las distintas áreas de la salud mental infanto adolescente. Específicamente, los equipos de salud mental de atención primaria, quienes tienen un rol fundamental en lo que a promoción y prevención se refiere, son pequeños al interior de los centros APS, tienen que cubrir distintos programas al interior de los centros (salud mental infanto adolescente y adulta, Chile Crece Contigo, etc.) y tienen un acceso muy restringido a horas médicas para los usuarios que acuden por salud mental (suele privilegiarse morbilidad por sobre horas de salud mental) por lo que promoción y prevención tienden a quedar relegados a ferias de salud general que ocurren en contadas oportunidades. Vale destacar la implementación del programa PASMI en APS, salud mental para niños de 5 a 9 años, que llega con recursos profesionales frescos, no así de infraestructura.

Salud mental en tiempos de pandemia

La pandemia no hace sino agudizar la ya precaria situación de NNA en términos de salud mental. La escuela que posee un rol enorme en tanto protección y visibilización de problemáticas en las diversas áreas de la vida, entre ellas salud mental, no está activa. Programas importantísimos como Habilidades para la Vida o los mismos espacios en que equipos de la APS hacen control sano al interior de escuelas y liceos a los NNA están detenidos. Sabemos por reportes preliminares del Ministerio de la Mujer, del aumento de los niveles de violencia al interior de las familias, lo que no tenemos claro pero sí podemos especular, es la gravedad de las problemáticas que traerá consigo este intenso período de cuarentenas y temor por la vida.  

Alarmante resulta pensar en los NNA que ya presentaban problemáticas de salud mental de base. Si pensamos en la población de NNA bajo el alero de Sename, cuyos programas ambulatorios sostenidos por organismos colaboradores (OCAS) no se encuentra atendiendo de manera presencial, únicamente en teletrabajo, es factible pensar en la gravedad de lo que se avecina en términos de salud mental, sumándose la desprotección histórica de los NNA en situación de alta vulnerabilidad al aumento de violencia intrafamiliar, el alejamiento de los equipos psicosociales, lo que podría derivar en un fuerte aumento de demanda en los COSAM (centros de salud mental), que no cuentan en ningún caso con presupuesto ni capacidad para abarcar la situación de salud mental, toda vez que por orientaciones técnicas los equipos ambulatorios de SENAME no trabajan psicoterapia ni tienen médicos psiquiatra en sus equipos. Las problemáticas de abuso no se detienen y las enfermedades de salud mental asociadas a angustia, ansiedad y el consumo de drogas de NNA podrían estar aumentando significativamente en  este proceso de pandemia, sin un respaldo político o social para enfrentarnos a esto.

La salud mental para niños, niñas y jóvenes tiene que partir con políticas públicas transversales en la intervención del Gobierno, es decir, debe abarcar ámbitos de desarrollo social, de educación, de Derechos Humanos, entre otros. Para esto es necesario introducir fondos y programas de salud mental para NNA en la atención primaria en salud, enfocados en promoción y prevención pero centrados en el trabajo intersectorial y con recursos que apunten a ese tipo de intervenciones y no necesariamente a metas asociadas a consultas individuales. Junto con lo anterior, recursos que permitan ampliar las capacidades de atención que tienen los COSAM en la búsqueda de, nuevamente, una mejor gestión de las redes intersectoriales así como recurso humano calificado. Existen programas para NNA en los distintos ministerios, cada uno pensado desde su espacio de movimiento. Desde educación, se piensa en intervenir salud mental, en la escuela. Desde interior, intervenir de manera temprana a adolescentes que pudieran ir en la línea de trayectorias sociodelictivas, desde salud, mirar la salud mental y acompañar, desde justicia velar por el cumplimiento de la protección integral de los NNA. O el ministerio de desarrollo social, con la potente intervención que proporciona Chile Crece Contigo. Todos, enfoque, programas, dispositivos necesarios y fundamentales pero que, lamentablemente, tienden a compartimentar a las personas que se atienden. Programas y ministerios que no dialogan, que intervienen a la misma familia y NNA en el mismo momento, con intervenciones parecidas, que apuntan a lo mismo, pero nacen de un espacio diferente, con todo lo complejo que puede ser para la familia poder hacerse parte de estos procesos. 

De lo anterior se desprende la necesidad de contar con un paraguas que acoja todo lo relacionado con la infancia. No es descabellado, entonces, pensar en lo fundamental de una ley integral de niñez y adolescencia. O quizás aún más, un ministerio para la infancia y adolescencia. Esto permitiría focalizar y re pensar cómo proteger a NNA en este proceso de pandemia, partiendo por comprender  las dificultades del entorno, las causantes de los trastornos mentales propias de la infancia, y la eliminación del enfoque adultocentrista para poder efectivamente, abarcar la salud mental de niños niñas y jóvenes.

Vemos también la necesidad de levantar un plan de participación de NNA en las decisiones de salud mental que les afectan, a través de cabildos, encuestas, etc. construyendo así, programas que consideren la visión desde los implicados, y no desde los adultos en salud mental. 

Finalmente, se debe avanzar hacia un financiamiento permanente para programas de salud mental escolar  potenciando los equipos con recursos humanos destinados a la coordinación intersectorial, a la construcción de planes de intervención comunes a los distintos espacios en los que participan los NNA (familia, escuela, centros de salud, dispositivos SENAME) y a un aumento de las capacidades técnicas de los equipos especializados en Salud Mental infantojuvenil pero esto, y como se dijo anteriormente, se vería enormemente facilitado si se contara con una ley de protección de derechos de infancia y adolescencia y/o un ministerio plenamente dedicado a ello, en línea del proyecto de ley que se está tramitando actualmente, el cual establece un sistema de garantías de los derechos de la niñez.

Con estas medidas no sólo se está buscando un apoyo directo y hoy a la salud mental de niños, niñas y adolescentes, también se espera que se le de la relevancia y la importancia de tener una población desde temprana edad con cuidados en todos los ámbitos de la salud. 

Ania Fuentes Olivares, Psicóloga Universidad de Chile, Magíster en Psicología de la Adolescencia, mención clínica UDD. Psicóloga equipo infanto adolescente COSAM El Bosque

 

Sofía Fuentes, Administradora Pública, MG en Gobierno y Gerencia Pública. Funcionaria Municipal.

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