Más de 150.000 casos y más de 3.000 fallecidos, 102 días desde el inicio de la pandemia en el país, 1 mes de cuarentena en la Región Metropolitana con un efecto moderado en disminución de la movilidad, un alza persistente de casos diarios que llegan a 6509, una ocupación nacional de camas críticas del 89% y del 96% en la región metropolitana, un anuncio de retorno seguro fallido, un anuncio de meseta de casos en abril que resultó falso, el reconocimiento del desconocimiento del estado de pobreza de sectores de Santiago, cambios sucesivos en el mecanismo de elaboración de las cifras y un reportaje de CIPER que reveló que el MINSAL entregaba un número de fallecidos por sobre los 5000 a la Organización Mundial de la Salud selló la salida del Ministro de Salud Jaime Mañalich. 

Su salida, probablemente es la más simbólica del segundo gobierno de Sebastián Piñera, después de la de el ex-Ministro de Interior Andrés Chadwick. Mañalich siempre se definió por la prensa como un hombre de plena confianza del presidente. Hasta tal punto llegó esa construcción del discurso, que a pesar de la solicitud de su renuncia de figuras políticas como Beatriz Sánchez, Carmen Frei, Maya Fernández, la Mesa del sector público e inclusive la solicitud del senador José Manuel Ossandón de un cambio del ministro por Karla Rubilar no parecían suficiente para pensar que el Presidente realizaría el cambio después de 2 modificaciones recientes en su gabinete. 

 Este respaldo del Gobierno generó la frustración y desilusión de todo el mundo social en salud, el cual veía como el Ministro persistía con una estrategia sanitaria con poco sustento en la experiencia internacional y académica. Esta estrategia, la defendió con porfía contra todo el mundo académico y social, rechazando propuestas, ignorando a sociedades científicas, acusando de obstruccionistas y oportunistas a todos los que emitían una crítica. Incluso lo hizo con un medio de prensa, acusando de mentir en un desencuentro con el embajador de China y dándose el lujo de no responder preguntas en una conferencia de prensa.

El ex-ministro Jaime Mañalich distorsionó la política pública hasta llevarla a lo absurdo, transformó la  “gran tradición sanitaria chilena” en la cual se confiaba al comienzo de la pandemia en un recuerdo nostálgico, y se transformó en un operador político del gobierno que llevaba un mandato a costa de todos y todas. Llevó la peor cara de la política al sector salud, e hizo entender la importancia de no dejar a los gobiernos de turno un sector clave de la sociedad.

A pesar de esto, la carta de partidos de oposición condicionando el diálogo al gobierno a la salida del ministro, hizo que hasta la mejor confianza del presidente se transformara en un fusible para salvar un gobierno en el peor momento de la crisis. En su nombre entra Enrique Paris, uno de las figuras públicas que mayor lealtad ha mostrado al gobierno en estos meses y que comienza su gestión, con un obligado reconocimiento a la necesidad de un nuevo trato con el mundo social en salud.

Pocas claridades hay si esto significaba un cambio de la estrategia sanitaria, pero si está la claridad que desde el mundo de la salud no podemos volver a permitir el desprecio por las políticas públicas como ocurrió en esta crisis

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