¿Cómo posicionamos un tema históricamente invisibilizado, incluso en el debate público en salud? ¿Cómo dialoga el enfoque sanitario, con el respeto y validación del cuerpo ajeno? Si vemos que la determinación social de la alimentación excede lo propiamente sanitario, ¿qué rol le toca asumir al mundo de la salud en el camino por una nutrición saludable, sustentable y equitativa?

Javiera Menay

Médica U. de Chile. Estudiante Magister en Salud Pública U. de Chile

Durante el año 2011, un poco antes de que estallaran las movilizaciones estudiantiles, vimos como Cecilia Morel salía a la palestra pública liderando uno de los programas más conocidos de los gobiernos de Sebastián Piñera: Elige Vivir Sano. Una política pública que llegó a polemizar el mundo de la salud, pero por sobre todo, a recordarnos el paradigma imperante en la nutrición chilena: la salud como un bien individual, la salud determinada por nuestras propias decisiones. Un programa que se enfrentó a personalidades del mundo sanitario por chocar con uno de los idearios más desarrollados de la última década: la determinación social en salud, y que a su vez, develó la propia incapacidad de este ideario de traspasar los límites establecidos por el actual modelo. 

Una limitación que ha aportado a posicionar a la malnutrición como un problema relevante para nuestro país, donde las cifras nos muestran que un 29% de la población adulta chilena era obesa para el 2019, y donde la distribución de esta condición tiene un significativo sesgo económico, de género y etnia. En sintonía, la alimentación y la actividad física han sido pilares de los programas de promoción de salud impulsados en la atención sanitaria chilena, razón por la que cabe preguntarse: ¿por qué no han funcionado? ¿Será momento acaso de avanzar en la comprensión de la nutrición como una práctica colectiva? ¿Será momento de comprender a la alimentación como una práctica estrechamente vinculada a su contexto político y social?

Hemos visto que una alimentación saludable y sustentable cuenta con obstáculos económicos, políticos y culturales difíciles de combatir en el escenario nacional. Un ejemplo de ello es la oposición presentada por la industria alimentaria a la Ley de Etiquetado de Alimentos durante los años 2015 y 2016, o el extenso debate público que significó la Ley de Pesca en el Congreso, develando la concentración económica de la industria pesquera y sus prácticas productivas incompatibles con estándares medioambientalmente responsables. Un estándar productivo que no sólo se ha limitado a la actividad económica, sino también a la construcción cultural de patrones de belleza que muchas veces se amparan en la salud nutricional para reproducirse, y donde muchas veces también los profesionales de la salud hemos caído.

Un contexto político y social que, a nuestro juicio, no es posible de eludir si realmente queremos avances sanitarios sustantivos en la materia. Y que a su vez, abre la puerta a interrogantes difíciles, pero que ciertamente nos interesa hoy discutir: ¿Cómo posicionamos un tema históricamente invisibilizado, incluso en el debate público en salud? ¿Cómo dialoga el enfoque sanitario, con el respeto y validación del cuerpo ajeno? Si vemos que la determinación social de la alimentación excede lo propiamente sanitario, ¿qué rol le toca asumir al mundo de la salud en el camino por una nutrición saludable, sustentable y equitativa?

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