¿Cuáles han sido los esfuerzos realizados por la academia chilena para establecer a la Medicina Familiar como una disciplina académica por derecho propio?

En el año 1950, el médico Joe Collings publicó en The Lancet, un articulo llamado General practice in England today: a reconnaissance (Collings, 1950). En él, hizo notar la ausencia de base académica y la ausencia de estándares para la práctica cotidiana del médico general inglés, a poco de empezar con el Sistema Nacional de Salud británico en 1948. La ausencia de sistematización, observada por Collings, se resume en su apreciación: No hay estándares reales para la práctica general. Lo que hace el médico y cómo lo hace depende casi por completo de su propia conciencia (Collings, 1950, p. 555).

La crítica descarnada de Joe Collings motivó, entre otros, a la creación en 1952 de The Royal College of General Practitioners, cuya función es el cuidado del estándar académico de la general practice en el Reino Unido, el equivalente a la medicina familiar en nuestro país. La creación del RCGP generó un efecto en bola de nieve, lo que llevó a la creación de instituciones con el mandato de proteger el status académico de la medicina familiar en todo el globo (Kidd, Heath, Howe, & World Organization of National Colleges, 2017). En palabras de Michael Kidd, past president de la World Organization of Family Doctors (WONCA), Joe Collings contribuyó al desarrollo de la práctica general / medicina familiar como una disciplina médica única y distintiva (Kidd et al., 2017).

El hablar de disciplina académica para referirnos a la Medicina Familiar no es una terminología trivial. Quisiera destacar dos hechos de significación. El primero, es que no es una obviedad decir que la Medicina Familiar es una disciplina académica, sino que su status se ha ido constituyendo a lo largo de los años, y con el esfuerzo de múltiples actores. Quizá, para muchos médicos o gestores de nuestro sistema de salud, hoy en día, este no sea un hecho establecido. El segundo punto, es que la Medicina Familiar es una discplina joven. Desde la constitución de los hechos históricos narrados en el párrafo anterior, no han pasado más de 60 años.

¿Cuáles han sido los esfuerzos realizados por la academia chilena para establecer a la Medicina Familiar como una disciplina académica por derecho propio? Sin disponer de datos certeros, existen hechos que suscitan mi preocupación, a saber: las dificultades que ha presentado la Revista Chilena de Medicina Familiar para establecerse como un medio sistemático de difusión y promoción del conocimiento; y como segundo punto, la ausencia de un Congreso de Medicina Familiar para este año 2018, único espacio de encuentro y discusión que reune a los integrantes de toda la disciplina a lo largo del país. Si a lo anterior, agregamos el desconocimiento de la Medicina Familiar como la especialidad inherente a la atención primaria, reflejado en la cuenta pública presidencial de este año, el panorama no se ve alentador.  

El resultado de los hechos mencionados me ha llevado a pensar que es necesario presentar, como una posibilidad cierta, el hecho de que la Medicina Familiar en Chile pueda retroceder en el esfuerzo por establecerse como una disciplina académica por derecho propio. Concuerdo con las palabras de McWhinney, cuando en 1966 enunció lo siguiente: Muchos de nosotros, de hecho, creemos que la práctica general solo puede sobrevivir si se desarrolla como una disciplina (Mcwhinney, 1966).

 

Los hechos y las palabras: academia y política

Si algo demostró la crisis generada después de la cuenta pública presidencial, es que los hechos, por si solos, no son suficientes para justificar la relevancia de la Medicina Familiar y la Atención Primaria en nuestro país. Durante esos agitados días de junio, abundaron cifras respecto a la alta resolutividad de la Atención Primaria, y el espacio público se llenó de evidencia nacional e internacional del impacto que tiene la Medicina Familiar en los sistemas sanitarios a nivel mundial. El discurso tampoco resultó efectivo, y las consignas lanzadas al espacio público quedaron tibiamente flotando, en el aire, por unos pocos días, para desaparecer en la contingencia.

Los hechos presentados en el párrafo anterior pueden ser vistos desde una vereda autoflagelante o autocomplaciente. En el panorama social de la Medicina Familiar he observado a los actores políticos y académicos ocupando ambos roles. Los primeros, con un criticismo desmesurado hacia las propias bases de la Medicina Familiar, me hacen creer que, en el fondo, consideran que la misma no es necesaria para transformar el sistema sanitario chileno. Los segundos, ajenos a la realidad palpable de los hechos, consideran que desde la mera potencia discursiva superarán la crisis latente de la disciplina; como si las palabras, por si solas, pudieran modificar la realidad a nuestro antojo. Ambas posiciones me parecen erradas.

El ejemplo de Joe Collins, puesto al inicio de este texto no es al azar. Para constituir a la Medicina Familiar como una disciplina académica por derecho propio, se requiere el coraje para desafíarla desde el espacio político, y al mismo tiempo, un apego profundo por el conocimiento que la valida desde el ámbito académico. Ambas son necesarias: política y academia, el discurso crítico y la veracidad de los hechos. Si nos quedamos únicamente con la política, tendremos un éxito breve para luego caer en el descrédito. Las palabras necesitan ser palpadas en el ámbito de lo tangible para ser creidas. Si nos quedamos con la segunda, la Medicina Familiar quedará inmersa en el contexto de una elite reducida, enredada en la veracidad científica, pero sin voz en el espacio público.   

 

 

Bibliografía

  1. Collings, J. (1950). GENERAL PRACTICE IN ENGLAND TODAY -A RECONNAISSANCE. The Lancet, 255(6604), 555. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(50)90473-9
  2. Kidd, M., Heath, I., Howe, A., & World Organization of National Colleges, A., and Academic Associations of General Practitioners/Family Physicians. (2017). Family medicine: the classic papers.
  3. Mcwhinney, I. (1966). GENERAL PRACTICE AS AN ACADEMIC DISCIPLINE. The Lancet, 287(7434), 419–423. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(66)91412-7

 

Comentarios