“En el ámbito de la medicina se evidencia con preocupación la alta exigencia y demanda de los estudiantes, donde la falta de tiempo, el deseo de éxito y la competitividad, nos hacen perder el rumbo y dejar de lado los principios que nos mueven en la vocación de servicio y de ayudar al otro a través de la medicina”

Existe preocupación porque la práctica de la medicina se está haciendo cada vez más compleja en el mundo moderno. Los avances tecnológicos han prolongado la expectativa de vida de las personas pero al costo de un contacto con el paciente enfermo cada vez más distante.

Estamos siendo testigos de cómo las relaciones médico-paciente se han ido trasladando del “box”, hacia la interacción digital, con el uso de internet y redes sociales, manteniéndonos falsamente conectados. Hemos, ido dejando la riqueza de la escucha activa y reemplazado el silencio revelador, por la inmediatez del mensaje electrónico, o el “emoticon de whats app”. Sin duda, estos son elementos que debemos aprender a manejar e incorporar para comunicarnos adecuadamente, y es probable, que muchas de estas herramientas mejoren la eficacia de los sistemas de salud.  Sin embargo, el perjuicio se está haciendo latente cada vez más en la forma de relacionarnos, donde la cultura del lenguaje oral y no verbal corre el riesgo de ir desapareciendo o al menos simplificándose al extremo de que con un par de caracteres me doy a conocer. En definitiva, la modernidad  está influyendo la forma en qué nos entendemos.

Esta realidad adquiere especial importancia cuando la llevamos al ámbito del ejercicio de la medicina. No es raro ver en el pasillo de un hospital, en la sala de enfermos o sala de urgencias, cabezas agachadas mirando una pantalla y viendo lo que sucede en el teléfono, con el deseo de estar conectados, dejando de lado la presencia activa en el momento con el enfermo que sufre. Este cambio en la forma de comunicarnos está generando oídos sordos, dando espacio a relaciones simpáticas pero no empáticas ni compasivas. La  llamada crisis de deshumanización de la medicina, de la cual se habla hace años, producto de la creciente tecnificación de la medicina, se ha ido complejizando aún más en la medida que hoy ya no son solo las barreras físicas que nos distancian del paciente (como equipos, monitores, exámenes sofisticados, etc), sino que, es la comunicación la que está cambiando generando fronteras más lejanas del entendimiento, dando mayor pie a la despersonalización de las relaciones médico-paciente. Debemos ser conscientes de estas barreras y limitaciones del ejercicio actual de la medicina y no dejar de lado la empatía con el paciente que sufre.

Los cambios  de paradigma requieren tiempo y suelen ser procesos con vaivenes que nos mueven en forma pendular de un extremo a otro. En el ámbito de la medicina se evidencia con preocupación la alta exigencia y demanda de los estudiantes, donde la falta de tiempo, el deseo de éxito y la competitividad, nos hacen perder el rumbo y dejar de lado los principios que nos mueven en la vocación de servicio y de ayudar al otro a través de la medicina.  Sorprende negativamente las altas cifras de síndrome de burnout en médicos y estudiantes de medicina, de cómo ha aumentado el uso de psicotrópicos o enfermedades de salud mental, cifras que preocupan y que nos hacen detenernos a pensar ¿Cómo lo podríamos evitar?

Si bien, el síndrome de burnout es una condición que afecta a individuos en forma personal, este también incide en los grupos y equipos donde se manifiesta. Repercute en indicadores de la organización generando incluso mayores costos al sistema. Pero lo más importante, es que incide directamente en la manera que nos enfrentamos con nuestros pacientes. El cinismo y la despersonalización, dimensiones del síndrome de burnout, generan relaciones terapéuticas difíciles, insatisfacción  y “sordera” entre pacientes y médicos. La persona que “se quema” se hace insensible al dolor y sufrimiento del otro, actuando de manera mecánica, estando ausente, por lo cual, es imperioso comenzar a desarrollar desde el pregrado habilidades que nos permitan activar esa consciencia emocional que nos hace aprender de nosotros mismos a reconocer nuestras emociones y en definitiva cuidarnos.

El momento de contacto con el paciente que sufre debe ser un momento presente, y transformarse en un espacio de interacción donde la comunicación debe fluir espontáneamente para lograr comprender el dolor del otro. Debe ser una capacidad activa de reflexión en el momento mismo, para “estar” atento a las  emociones y temores que surgen en la interacción con la persona enferma. El solo hecho de estar consciente de esto ya significa avanzar hacia una práctica de la medicina cada vez más humana. La libertad de sonreír, llorar o emocionarse con el relato del enfermo, debería acercarnos a una medicina más empática y compasiva, donde los aspectos biológicos de la enfermedad conversan con las emociones humanas en su contexto. Finalmente, no es otra cosa que conocer y reconocernos en la relación médico-paciente como lo ha sido desde el origen de la medicina.

 

 

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